Comenzar de cero

Por Arelí Chavira y Jesús Chávez Marín

Joel: te quiero leer un mensaje muy largo que le puse a una amiga, porque cuenta la historia que te platiqué ayer:

Estoy con los ojos cerrados y los recuerdos en revolución. Siempre me sucede cuando saboreo una taza de café Combate. Sí, ya sé, la mayoría opina que no es elegante, que su sabor no es bueno, pero no lo puedo evitar, me endulza el alma, la envuelve en risas, rostros, besos, nostalgia.
Me lleva de regreso a la mesa de la cocina de tu vieja casa, donde sentadas en torno a ella, unas veces con lágrimas, a carcajadas, compartíamos ilusiones, alegrías, problemas familiares, corazones rotos. Lo preparabas en un pocillo con canela, bajo su amparo nos embriagábamos de euforia o tristeza. Inevitablemente me lleva a los momentos tan especiales que vivimos con Mario; su nombre hoy suena distinto, sin embargo, aún me llena de sensaciones.
Desde la primera vez que lo vi, cuando me lo presentaste y sentí sus labios en mi mejilla, lo supe. Nos reuníamos por las noches en la plaza, estoy segura de que también lo recuerdas, ¿verdad? Llevabas un termo rebosante de café Combate y vasos; yo, una bolsa de papel de estraza llena de pan dulce; él nos esperaba en su carro blanco que estacionaba frente a la Farmacia Benavides.
No he olvidado su cara de sorpresa al vernos llegar con todo. Hacía un frío de todos los diablos, pero creo que ni lo sentía cuando estaba cerca de él. Se terminaba rápido el café, pero no el ánimo y la conversación; cuando menos pensábamos ya era media noche. “Chavalas ya es hora de irnos, las llevaré a su casa”, nos decía sonriendo; odié con todo mi amor ese momento y esa frase. Primero llegábamos a tu casa, luego me dejaba a mí; te confieso que no quería bajarme de su carro, él lo sabía, y con toda la paciencia y ternura del mundo apagaba el motor y me regalaba otro rato de su compañía. Mayor que yo pocos años, me veía como a una escuincla, pero nada importaba, esos minutos de más me sabían a gloria.
Muchas veces repetimos nuestras noches de “combates en la plaza”, como él las llamaba, felices, helados, amigos, hasta que tú te fuiste a Monterrey a la universidad. Lo vi un par de veces más: una para regalarle un disco de Silvio Rodríguez, aquel donde viene la canción Mi unicornio azul; la segunda y última quedamos de salir un domingo. Paseábamos por la plaza, a él se le ocurrió ir a bailar al High Nuts; dentro de mí hubo una fiesta. Cuando sonaron las canciones suavecitas, cerré los ojos y me perdí entre sus brazos; bailamos toda la noche. Aún siento una leve caricia de sus dedos sobre mi rostro. Sí amiga, soy cursi, aunque no lo parezca.
Esta parte de la historia aún me punza un poquito. Más pronto de lo que esperé, la cruda realidad vestida de una hermosa chica rubia de ojos azules hizo su aparición:
―Hola Mario, ¿me recuerdas? ―abrí los ojos cuando sentí que él se separaba de mí con delicadeza.
―Hola, Marisela, claro que me acuerdo de ti. Ella es mi amiga Alba. ¿Estás de planta en la ciudad?
―Mucho gusto, Alba. No, solo estaré las vacaciones aquí.
―Qué bien. ¿Conservas el mismo número de teléfono? ―nadie escuchó el crack de mi corazón, solo yo.
―Así es ―contestó con voz melosa.
―Te llamo en estos días para platicar.
―Claro que sí.
Cuando la chica se fue, Mario la siguió con la mirada, luego volteó hacia mí y me dijo: fue mi novia. No contesté, solo me acurruqué de nuevo entre sus brazos y con los ojos más abiertos que nunca me dejé llevar por los últimos compases de la canción.
Esa noche no me quedé unos minutos más dentro de su carro. Me despedí con un beso en la mejilla, salí del auto y sin buscar sus ojos, como de costumbre, entré a casa y cerré la puerta. Días después me los encontré en la plaza, los saludé con la mejor sonrisa que pude y seguí mi camino. No supe más de él hasta hace poco, ya sabes, las redes sociales: resultó ser contacto de un amigo. Sintiéndome la misma de ayer, con las mariposas a todo vuelo, le envié una solicitud de amistad que aceptó contento de volver a saber de mí. Le escribí en su muro sobre los recuerdos queridos de “los combates en la plaza”. Ha pasado tanto tiempo.
Seguimos siendo amigos, él ahora está casado. No, tranquila, no se casó con ella. No nos vemos con frecuencia, él vive fuera, pero nos comunicamos seguido; conserva su sonrisa franca y linda, su tranquilidad y ternura. Hoy le pregunté sobre sus recuerdos más significativos, y esto fue lo que me respondió: “Amiga querida, en mi corazón vive el aroma del café, es inolvidable; tu cara y las manos frías, las campanadas de la iglesia, el silbato del tren de media noche que pasaba cerca de tu casa y que interrumpía nuestra conversación; tus zapatos de indio, qué loca estabas, creo que aún lo estás; tú, eternamente nerviosa, y tus ricos labios que nunca besé”.
Es verdad, nunca me besó, y sinceramente no me desagradaría en lo más mínimo que ahora lo hiciera, pero sigo con los ojos bien abiertos y la esperanza puesta en otro lado. Mira nada más hasta donde llegó el influjo del café, muchas veces, impulsada por él pensé en mandarte un Inbox pero nunca me animé, hasta ahora.
Amiga, fui muy feliz contigo, me iniciaste en la aventura de la vida. No sé exactamente cómo ni por qué nos separamos, al parecer definitivamente, y bien sabes que no me refiero a la distancia; no obstante, fuiste el puente que me trajo los primeros amores, esos que nunca acaban de irse, esos que cada vez que los recuerdas, un escalofrío corre por la cintura y el alma.
No estás obligada a responder este mensaje (aunque tengo la ilusión de que lo hagas), solo quería que supieras que siempre los llevaré conmigo: a ti, mi compañera de iniciación; a Mario, quien incendiara por vez primera mis trillos; y a los combates en la plaza, que no dejarán que mi corazón se enfríe.

¿Qué te parece, Joel?, ¿crees que me responda? Bueno, si no lo hace, al menos yo me quedo en paz. Ahora que he regresado de Estados Unidos, quiero comenzar de cero.

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