A DECIR VERDAD

El péndulo Colombiano
Por Rubén ÍÑIGUEZ/
La Voz de Jalisco

La reciente elección presidencial en Colombia ha confirmado una realidad que muchos analistas se resisten a aceptar: los pueblos no permanecen anclados de manera indefinida a una ideología. El triunfo de Abelardo de la Espriella representa mucho más que una victoria electoral de la derecha; es la expresión de un péndulo político que se mueve constantemente entre distintas opciones en busca de respuestas a los problemas cotidianos. Lo que hace apenas cuatro años parecía el inicio de una nueva era para la izquierda colombiana, hoy se traduce en un contundente cambio de rumbo.

Cuando Gustavo Petro llegó al poder, lo hizo envuelto en una narrativa de transformación histórica. Por primera vez la izquierda gobernaría Colombia y millones de ciudadanos depositaron en él la esperanza de reducir la desigualdad, combatir privilegios y construir un país más justo. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en la política, las expectativas generadas fueron mucho mayores que los resultados percibidos por una parte importante de la población.

La inseguridad, la incertidumbre económica y la sensación de que muchos de los problemas estructurales seguían presentes fueron desgastando al gobierno. Más allá de las cifras o de los argumentos de sus defensores, en democracia suele imponerse la percepción ciudadana. Y cuando la gente siente que su realidad cotidiana no mejora, busca alternativas. Eso fue precisamente lo que ocurrió en Colombia.

Abelardo de la Espriella supo capitalizar ese descontento con un discurso centrado en el orden, la seguridad, el crecimiento económico y una menor intervención estatal. Su mensaje conectó con millones de ciudadanos que estaban convencidos de que el país necesitaba una corrección de rumbo. Su triunfo refleja tanto un voto de confianza hacia su proyecto como un voto de castigo hacia el gobierno saliente.

Existe además un componente cultural que no puede ignorarse. Aunque la derecha también representa una visión ideológica del mundo, una parte importante de la sociedad latinoamericana sigue identificándose con valores tradicionales relacionados con la familia, la religión, la autoridad y ciertos principios culturales profundamente arraigados. En contraste, muchas de las agendas progresistas impulsadas en los últimos años -como el aborto, la eutanasia, las políticas de identidad de género- generan simpatías en algunos sectores, pero también provocan rechazo o incomodidad en una gran parte de la población.

A ello se sumó la compleja relación que Gustavo Petro mantuvo con Donald Trump y con diversos sectores políticos de Estados Unidos. Si bien Colombia y Washington conservaron una relación estratégica, los constantes desencuentros políticos y discursivos generaron incertidumbre.

En América Latina sigue existiendo la percepción de que una relación estable con Estados Unidos contribuye a generar confianza económica, atraer inversiones y fortalecer la estabilidad. Por ello, los choques abiertos con la principal potencia mundial suelen generar inquietud entre amplios sectores de la población.

Lo que ocurre en Colombia tampoco es un caso aislado. En distintos países de Occidente estamos observando un fortalecimiento de opciones conservadoras impulsadas por preocupaciones relacionadas con la migración, la seguridad, la inflación y la defensa de valores tradicionales. Después de años en los que las corrientes progresistas dominaron buena parte del debate público, parece estar emergiendo una reacción de sectores ciudadanos que consideran que ciertas agendas se alejaron de las prioridades reales de la gente.

Sin embargo, sería un error interpretar la victoria de Abelardo de la Espriella como el fin definitivo de la izquierda colombiana. La historia demuestra que ningún proyecto político es permanente. Los ciudadanos premian o castigan según los resultados que perciben en su vida diaria. Hoy el péndulo se mueve hacia la derecha porque millones de colombianos consideran que allí encontrarán respuestas a sus preocupaciones. Mañana podría volver a cambiar de dirección. Al final los pueblos buscan algo mucho más sencillo y mucho más difícil de conseguir: seguridad, prosperidad y esperanza.


(*Estimados lectores: las opiniones compartidas en esta colaboración son responsabilidad de quien las emite y no de este medio de comunicación. Sin embargo, aquí se respeta la libertad de expresión de todos).

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