EL CASCABEL

El fútbol es política
Por Marco Antonio GUTIÉRREZ MENDOZA

Estimado lector, espero esté teniendo el mejor de los domingos. Como cada entrega, le saludo con el gusto de que preste su atención a la siguiente reflexión. En estas semanas se ha desarrollado el Mundial de Norteamérica 2026, una competición llena de fútbol, estrellas como Messi, Haaland y Mbappé. Es el Mundial de despedida de Cristiano Ronaldo y la Selección Mexicana, en la generalidad, nos ha dejado un buen sabor de boca, no por lo lejos que ha llegado en la competición, sino por el sistema de juego y la garra puesta por los jugadores. México quedó de nueva cuenta en octavos de final, pero, a diferencia de mundiales anteriores, se vivió una mística que no desagradó en absoluto.

Pero no quiero reflexionar exclusivamente del juego, sino de factores de la cancha y fuera de ella. Igual que hace cuatro años, el combinado argentino está haciendo un buen Mundial. Messi continúa llevando al equipo al hombro, pero no han faltado las polémicas. Muchos piensan que el equipo argentino y, en particular, su número 10 están siendo beneficiados por la estructura de la FIFA; un polémico partido en cuanto al arbitraje contra Egipto hace dudar a muchos.

Las teorías de que el Mundial tiene irregularidades y favoritismos se intensifican luego de que se mencionara que Donald Trump llamara al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para que se le quitara una tarjeta roja al delantero de la selección norteamericana, acción que se hizo en un hecho inédito. Es complejo no sospechar de la corrupción en el fútbol organizado; ha pasado antes con casos como el de Joseph Blatter, que fue detenido por corrupción y luego absuelto, y probablemente vuelva a ocurrir. En este mismo Mundial, la misma Federación Argentina de Fútbol está siendo investigada por el FBI por lavado de dinero.

En medio de todo este escenario, la vitrina que significa el Mundial nos deja mensajes muy claros de que no es solamente comercialización, fútbol y probables casos de corrupción. El juego de Argentina contra Egipto nos brindó postales contrastantes: el entrenador egipcio plantándose en medio del campo, denunciando el genocidio en Gaza, y, en contraste, un Messi que se niega a inmiscuirse en política, pero que es partícipe de cuanto evento se le demanda por parte de los gobiernos norteamericano e israelí. Mención especial se la lleva la selección de Noruega, que está jugando de una manera espectacular, en particular su delantero Haaland, pero que además ha puesto la cara de manera frontal contra las acciones del Estado de Israel.

Este mismo Mundial nos dejó además un momento terrible cuando el “periodista” argentino Feinmann, marioneta de Javier Milei, expresó su odio contra los mexicanos. Luego reculó y expresó que su odio solo era contra los jugadores, pero no encaja su disculpa luego de que dijera que los mexicanos envidiamos a los argentinos, en particular por el fútbol. A Feinmann y a todos los alborotadores y confrontativos que usan o no el fútbol para confrontarnos hay que recordarles que el pueblo argentino y el mexicano forman parte de un mismo bloque latinoamericano que, entre muchas cosas, comparten una lucha constante contra el colonialismo, primero europeo y luego norteamericano, y que para luchar contra ello los argentinos tuvieron que enfrentar injusticias terribles, como el episodio de las Malvinas.

Que hoy este comunicador esté alineado a base de billetes y un criterio chiquito no quita el sentimiento de la nación argentina, que tuvo que luchar contra las locuras de políticos como Domingo Faustino Sarmiento, quien deliberadamente trataba de europeizar el país aniquilando a las poblaciones nativas.

A México y a Argentina los pueden rivalizar cosas como el fútbol, pero los hermanan la lucha constante por la autodeterminación, el autogobierno y la soberanía. Una cosa diferente es que Feinmann no reconozca que su presidente esté entregando descaradamente los recursos naturales a los norteamericanos e israelíes y que esté llevando al más profundo de los abismos a la población.

En lo único que sí le doy la razón a este sujeto, Feinmann, es que a la Argentina se le pueden envidiar cosas, envidia de la buena. Se le envidia a Borges, a Cortázar, a Soda Stereo, su gastronomía y, en general, su profundo sentido de crítica social desde diferentes frentes, como la literatura y la filosofía. Pero esta envidia, recalco que de la buena, no es para cerrar los ojos ante su situación actual.

Este Mundial nos ha enseñado que, al margen del fútbol, el mundo está en estado de transformación con olor a descomposición; que en la cancha se transmitieron problemas más importantes que los goles; el trato a la selección iraní; que no se puede olvidar el genocidio en Gaza y que la FIFA, con sus sospechas, nos demuestra que los grandes organismos y corporaciones a nivel mundial no respetan los intereses de las mayorías, sino los planes de ideologías y corrientes políticas que nos hacen recordar a regímenes totalitarios del pasado.

Este Mundial también nos muestra la desigualdad. Estados Unidos no debió ser anfitrión del Mundial; está en frentes de guerra en todas partes, tiene un presidente confrontativo, cuando menos, que se está enriqueciendo él y ayudando a los ya poderosos del mundo a que lo hagan, todo a expensas del pueblo norteamericano. En pocas palabras, el Mundial nos deja ver que el mundo está siendo devorado por terribles ambiciones de poder.

Como lo he dicho en otros escritos del tema, el fútbol, sin negar su función de entretenimiento de masas, tiene una esencia popular maravillosa. Carguemos toda nuestra energía para que estos discursos y acciones de injusticia y odio sean confrontados por las acciones valientes de personajes como Hossam Hassan, entrenador egipcio. Todos estos personajes están en la mira; no olvidemos ni dejemos pasar sus acciones o lo que hacen con ellos, como el asesinato de Mohamed al Wanidi, que era un trabajador humanitario y que fue recientemente asesinado por un misil israelí solo por instalar pantallas para que los pobladores de Gaza miraran el Mundial.

Seguramente acá faltan muchos nombres y sucesos, pero lo importante es que, como humanidad, debemos darnos cuenta del estado de las cosas en el mundo. Las cosas se mueven rápidamente y no podemos ver lo terrible como ajeno o lejano porque, aunque lo fuera, todos y todas somos parte de un mismo conglomerado llamado humanidad.

Por hoy es todo. Será hasta la próxima.


(*Estimados lectores: las opiniones compartidas en esta colaboración son responsabilidad de quien las emite y no de este medio de comunicación. Sin embargo, aquí se respeta la libertad de expresión de todos).

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