Cuando la naturaleza evidencia nuestra fragilidad
Por Rubén ÍÑIGUEZ
La Voz de Jalisco
Hay tragedias que no distinguen fronteras, ideologías, religiones ni clases sociales. Lo ocurrido en Venezuela, donde dos devastadores terremotos han cobrado ya la vida de al menos 1,719 personas y han dejado más de 5,000 heridos, es una de esas noticias que estremecen el alma. Pero detrás de cada número hay un nombre, una familia destrozada, un abrazo que nunca volverá a darse y una historia que quedó sepultada entre los escombros. Lo más doloroso es que las autoridades advierten que la cifra de víctimas podría seguir aumentando conforme avanzan las labores de rescate.
En cuestión de segundos, la rutina desapareció. Hubo quienes salieron de casa rumbo al trabajo sin imaginar que no volverían a ver a sus seres queridos. Niños que jugaban, padres que descansaban, adultos mayores que pensaban terminar el día como cualquier otro. Nadie despertó aquella mañana creyendo que sería la última de su vida. Así de frágil es nuestra existencia. Así de inesperada puede ser la tragedia.
Los seres humanos solemos vivir convencidos de que el mañana está garantizado. Hacemos planes para la próxima semana, para el siguiente año o para la jubilación, como si tuviéramos firmado un contrato con el tiempo. Sin embargo, la naturaleza, con una fuerza imposible de contener, nos recuerda una vez más que la vida es un regalo prestado y no una propiedad adquirida. Nadie tiene la vida comprada.
Frente a un terremoto desaparecen las diferencias que tanto nos empeñamos en construir. No importa cuánto dinero haya en una cuenta bancaria, qué cargo ocupe una persona o cuál sea su nacionalidad. Cuando la tierra decide moverse, todos somos iguales. Ninguna tecnología, ningún poder político y ninguna riqueza pueden detener el inmenso poder de la naturaleza. Esa es una lección tan dura como inevitable.
En medio del dolor, también emergen los gestos más nobles de la condición humana. Rescatistas que arriesgan su vida para salvar desconocidos, médicos que trabajan sin descanso, vecinos que comparten el poco alimento que tienen, voluntarios que cavan con sus propias manos y personas de distintos países que extienden su solidaridad. Cuando todo parece derrumbarse, la esperanza suele aparecer con el rostro de alguien dispuesto a ayudar.
Quizá la mejor manera de honrar a quienes perdieron la vida sea valorar más intensamente la nuestra. Decir ese “te quiero” que hemos pospuesto, reconciliarnos con quien estamos distanciados, abrazar más fuerte a nuestros padres, hijos o amigos y dejar de desperdiciar el tiempo en rencores, orgullos y preocupaciones que mañana podrían carecer de sentido. Las tragedias nos recuerdan que lo verdaderamente importante nunca ha sido lo material, sino las personas que caminan a nuestro lado.
Hoy Venezuela necesita ayuda, pero también necesita sentir que no está sola. Desde cualquier rincón del mundo podemos elevar una oración, tender una mano, apoyar a las organizaciones que trabajan en el terreno o, simplemente, no permanecer indiferentes. La solidaridad no reconstruye edificios por sí sola, pero sí reconstruye la esperanza de quienes sienten que lo han perdido todo.
Que el dolor del pueblo venezolano nos invite a reflexionar sobre nuestra propia vida. Porque nadie sabe cuándo será el último abrazo, la última llamada o el último “hasta mañana”. Vivamos con más gratitud, con más humildad y con más amor. Al final, la naturaleza nos recuerda que no somos dueños del tiempo; apenas somos pasajeros que debemos aprovechar cada instante para hacer el bien, amar profundamente y nunca dar por sentado el milagro de seguir vivos.




