EL HILO DE ARIADNA

Últimas conversaciones con Enrique Servín

La necesidad de una justicia lingüística

Heriberto Ramírez

 

Una de las más grandes fortalezas del mundo social humano reside en nuestra capacidad de comunicarnos. Inventamos el lenguaje, quizá por una necesidad de supervivencia, y lo hemos llevado a los más altos niveles de complejidad, en las ciencias y en las ares.

Cada cultura ha desarrollado su lenguaje y su idioma. Impregnado siempre de su cosmogonía o de su concepción del mundo. Así, cuando uno aprende otro idioma abreva también toda la carga cultural dentro de la cual ha sido concebido. 

El asunto se complica cuando sobrevienen los choques culturales, producto de enfrentamientos políticos o de conflictos económicos. Las guerras y las conquistas suelen mostrar la peor ara de la condición humana. En estas circunstancias los lenguajes acusan los efectos de estos, por lo regula, violentos desencuentros.

El idioma de los vencedores prevalecerá. Abriendo la puerta para la extinción del idioma de los vencidos y todo lo que ello representa. Es decir, con ello se pierde, además, una visión completa del mundo. 

Así, sabemos de la desaparición constante día a día de cientos de idiomas y toda la riqueza cultural en ellos contenida. Los engranajes que mueven y deslegitiman los idiomas subordinados son diversos; pero en su conjunto tienden a debilitar muchas formas expresivas impidiendo su desarrollo progresivo.

Esto viene a colación porque entre las recurrentes conversaciones que tuve la fortuna de compartir con Enrique Servín. Muy probablemente el ser humano que más idiomas conocía, poco más de 20, y con ello, creo, los procesos evolutivos que marcan su tránsito evolutivo. Su privilegiado don de aprender con relativa facilidad idiomas, y por supuesto la cultura en la cual habían emergido, le dotaba de una sensibilidad sin igual. Fue esta sensibilidad la que seguramente motivó su aprendizaje y defensa del rarámuri o ralámuli, cristalizado en la publicación del libro ¡Hablemos el tarahumar! Método audiovisual para el aprendizaje del tarahumar, publicado por el Instituto de Cultura de Chihuahua en el 2002.

Su profundo sentido de justicia debía conmoverlo de la manera más genuina, al ver en las injusticias cometidas a cada momento en contra de los portadores de la cultura rarámuri, tanto en la ciudad como en los municipios serranos. Su acendrado interés intelectual también estaba asociado con un activismo comprometido con la defensa del idioma y todo lo que ello implicaba, es decir, en parte la necesidad de respetar su enseñanza de lengua madre en el seno de su propia cultura y comunidades.

Con un vigor envidiable se lanzó a recorrer la serranía a la búsqueda y recuperación de las tradiciones orales que cohesionan y dan fuerza a la cultura tarahumara. Así nació Anirúame. Historias de los tarahumaras de los tiempos antiguos, premio internacional de cuento, mito y leyenda Andrés Henestrosa, publicado en 2015. Puede decirse que se trata de la recuperación de la cosmogonía rarámuri más completa que disponemos hasta ahora, reconstruida a partir de testimonios orales, recogidos y traducidos por el mismo Enrique.

En su calidad de funcionario de cultura hizo de su causa un credo, traduciendo, editando una gran cantidad de textos, promoviendo siempre este idioma en el que resaltaba su riqueza estética y profunda cosmovisión contenida en él. En una de esas tantas conversaciones tocamos el punto de los alcances idiomáticos del rarámuri, pues es fácil percatarse como echan mano de términos del “chabochis” o del castellano para complementar sus ideas, a lo que él aducía se trataba de un idioma sustancialmente rural, es decir surgido de un entorno todavía sin contacto con el mundo occidental. 

Lo ejemplificaba del siguiente modo, en el tarahumara no existe el término “aeropuerto”, “teléfono” o “automóvil”. Pero, proponía, a modo de un deseo utópico que podrían reunirse un grupo de expertos en el idioma y mediante distintas formas, ya sea de yuxtaposición o la acuñación de nuevas palabras ayudar a renovarlo y permitir su crecimiento y desarrollo, para revertir su contracción y desvalorización. 

Con motivo de su tercer aniversario luctuoso se dio a conocer la versión en rarámuri de su Anirúame, traducida al rarámuri por Irma Chávez, Sewá Morales y José Morales. Para Enrique Servín esto hubiese sido motivo de infinita felicidad, porque con ello es perceptible el aprecio profundo y genuino a su trabajo por parte de la comunidad rarámuri, y porque han sido ellas y ellos quienes han continuado con sus reflexiones y demandas acerca del uso de su lengua materna en el espacio público. 

Una lucha que se antoja titánica, aunque la germinación de estas semillas nos infunde un aliento de esperanza. Nos ilusiona e invita a pensar en que la justicia lingüística, y con todo lo que ello conlleva, es un anhelo plausible.  

 

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