EL HILO DE ARIADNA

Lecciones de aliento

Por Heriberto Ramírez

 

En casi dos meses de confinamiento varios cambios hemos experimentado. Uno de ellos ha sido la necesidad de relacionarnos con nuestros estudiantes por medios tecnológicos virtuales. La entusiasta presencia de nuestros alumnos dio lugar a una relación digital que implicó esfuerzos serios para ellos y nosotros los maestros.
Sé de familias que de pronto se vieron en la necesidad de invertir en la compra de una computadora para que sus hijos pudieran atender desde casa sus obligaciones escolares. Otros estudiantes, con mayores limitaciones económicas, tuvieron que valerse de su teléfono móvil para comunicarse con sus maestros e incluso realizar sus ensayos en él, convirtiéndolo, como decía Umberto Eco en el prólogo al libro ¿Dónde estás? Ontología del teléfono móvil de Maurzio Ferraris, en un verdadero procesador de texto.
Lograron hacer de su dispositivo un vínculo de comunicación entrañable con su universidad, recibiendo tareas, ejercicios, mensajes, documentos, comentarios incluso participando en foros de debate. Llevando al límite las posibilidades tecnológicas de su teléfono móvil, ahora convertido en una verdadera aula. Eso sí, gastando más de lo habitual, aunque sin perder nunca su interés académico.
También hubo maestros que de manera precipitada tuvimos que familiarizarnos en el uso de plataformas para darle continuidad a nuestros cursos. Sin el tradicional pizarrón, sin las preguntas incómodas de nuestros estudiantes que nos obligan a revisar nuestras ideas en tiempo real, sin sus miradas atentas siguiendo diligentemente las ideas expuestas. En este marco pude apreciar el entusiasmo de muchos compañeros catedráticos dispuestos a cambiar sus métodos, sus prácticas habituales con la noble finalidad de que sus alumnos realmente aprendan, que mantengan vivo su interés por la asignatura que les toca impartir. Esto me recuerda las palabras del poeta William B. Yeats, citado por el filósofo español Jaime Nubiola. “Educar no es llenar un vaso, sino más bien encender el fuego”. A lo que Nubiola añade en su libro de ensayos breves Invitación a pensar: “Los mejores profesores son siempre encendedores del afán de aprender de sus estudiantes”.
Todos hemos recibido grandes lecciones de aliento, estudiantes que en circunstancias adversas han mantenido viva su sed de conocimiento, adaptándose a las nuevas circunstancias, siendo condescendientes con sus maestros ante nuestra impericia para el uso de las herramientas digitales. Profesores desacostumbrados al uso de las nuevas tecnologías para la enseñanza entrenándose sin descanso para, más allá de salvar el semestre, mantener el hilo de un diálogo interesante iniciado en la asignatura que se vio interrumpido abruptamente.
Claro, se echa de menos el bullicio y la algarabía de los pasillos, los saludos de los compañeros maestros y el intercambio de ideas entre clase y clase; sin embargo, estamos aprendiendo a transitar por otros senderos, complicados en principio, insatisfactorio en varios sentidos, pero nos ha permitido mantener el rumbo, y con altas posibilidades de llegar al destino trazado.
La celebración del Día del Maestro en México se dio en un escenario inédito, sin un festejo masivo, sin las muestras de afecto usuales. Eso sí, intercambiamos múltiples felicitaciones por todas las redes sociales, recibimos muestras de sincero afecto por parte de nuestros estudiantes en reconocimiento a nuestra labor.
Todavía nos queda un lapso corto para pensar en cómo será nuestro regreso, cómo y cuál será esa “nueva normalidad”. ¿Qué nuevas prácticas habremos de incorporar a nuestras formas tradicionales? ¿Cuáles serán los cambios en nuestra forma de relacionarnos con nuestros estudiantes? ¿Cómo deberemos trabajar para mantener viva la llama que alumbra el interés por el conocimiento genuino? Son algunas de las interrogantes que ahora nos planteamos, ante la irrenunciable encomienda de que la educación y el conocimiento son el mejor camino hacia una verdadera humanidad.

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