EL HILO DE ARIADNA

 

Pensar la ciudad

Por Heriberto Ramírez

 

Es todo un privilegio existencial elegir la ciudad donde uno quiere vivir, o donde uno se siente mejor que en cualquier otro lugar. En el caso de las ciudades suelen ejercer una fuerza de atracción sobre nuestras vidas, ya sea porque es el lugar de nuestro nacimiento, o bien porque en ellas hemos encontrado un espacio para nuestro desarrollo personal, por razones de trabajo, de estudio, o porque en ella ha germinado y fructificado nuestro proyecto de vida.
Aparte de ello, las ciudades tienen una multiplicidad de facetas que nos hacen la vida más placentera en ellas, puede ser el clima, sus oportunidades de trabajo, su diseño urbano, sus escuelas y universidades, sus templos, las amistades, las librerías, los mercados, su vida nocturna o su historia, desde luego entre muchas otras más.
Nos movemos por ellas de acuerdo a sus posibilidades y las nuestras, esto es, de acuerdo a su sistema de transporte y nuestros recursos para desplazarnos por sus aceras, callejones o avenidas. La mayor parte de las veces, sobre todo si llevamos muchos años viviendo ahí, la rutina suele dominarnos y perdemos el sentido del disfrute. Nos olvidamos de transitar por ella disfrutando la arquitectura, a la gente, los restaurantes o los bares.
Este automatismo, a veces, nos impide también ver lo que está mal, diseños disfuncionales, el olvido a los transeúntes, a las personas con capacidades distintas, a quienes gustan de moverse en sus bicicletas, o pasear a sus mascotas. Como habitantes de un espacio urbano todos debemos tener derecho a expresar nuestras opiniones en relación con el espacio vital en el cual nos desenvolvemos. El asunto es que no siempre tenemos oportunidad o la forma de hacerlo. Pocas veces se sabe cómo se toman las decisiones del diseño urbano y sus consecuencias.
En el caso de Chihuahua, recuerdo que en cierto momento un grupo de amigos, los hermanos Carrera, Carlos y Jorge, Gastón Fourzán, los también hermanos Siqueiros, Ángela y Felipe, entre otros arquitectos jóvenes que empezaron a expresar un cúmulo de inquietudes sobre los que estaba pasando con el patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad, edificios emblemáticos fueron derruidos para construir estacionamientos o para especular con su terreno. Sus planteamientos encontraron eco en el periódico local Novedades, en el tiempo de los 80, en que lo dirigía don José Fuentes Mares. Fueron de los primeros activistas que nos invitaron a pensar sobre nuestra ciudad y que de alguna manera contribuyeron a detener la destrucción sistemática de lo que aún quedaba de nuestro pasado arquitectónico.
Tiempo después, 2013, en el marco del Segundo Encuentro Regional de Filosofía zona norte, realizado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua, un joven filósofo de la University of North Texas, Shane Epting, invitado por nuestra compañera Alejandra Olivas, planteó en su ponencia “La crisis de identidad citadina de cara a la globalización y la sostenibilidad”, un conjunto de problemas de índole filosófico vinculados a la ciudad que abrieron un horizonte distinto al habitual en las discusiones entre profesionales de la filosofía. Ese mismo año en Nueva York, Shane organizó el primer encuentro del movimiento Philosophy of the city, con posteriores realizaciones en la Ciudad de México, Hong Kong, San Francisco, Portugal y Bogotá. Contando en cada uno de sus eventos con grandes especialistas.
La grata impresión que dejó Epting en nosotros nos ha llevado a desarrollar el proyecto denominado “Pensar la ciudad”, que se ha mantenido cobijado por la Facultad de Filosofía y Letras, con dos sesiones, en las cuales han confluido un conjunto de instituciones y profesionales de la arquitectura y del urbanismo exponiendo los problemas que aquejan a nuestra querida ciudad. Desde una perspectiva transdisciplinar se ha intentado diagnosticar los problemas más apremiantes de nuestra ciudad, llegando a proponer, en varios casos, iniciativas de solución.
En estos días en que abundan las propuestas de conferencias virtuales he tenido el placer de escuchar al filósofo y sociólogo francés Bruno Latour en su calidad de conferenciante en la cátedra Alfonso Reyes, y entre las cuestiones que él se plantea, en relación con la problemática humana y urbana, está ¿cómo pueden los esfuerzos individuales llegar a lo colectivo? En pensar cómo lidiar con las cuestiones de proximidad y distancia en las habitaciones y los espacios públicos. En renovar el hábitat moderno y rediseñar la movilidad urbana.
Ahora, lo que viene es buscar la manera de construir lo que podríamos llamar “razón pública”, orientados en todo momento a la búsqueda del bienestar común. Esto implicaría la creación de nuevas instituciones y el rediseño de otras, para, sobre todo, propiciar la participación ciudadana y reconocernos, recordando a Aristóteles, como animales ciudadanos. En corto plazo este grupo de profesionales del urbanismo, ciudadanos de a pie, estudiantes universitarios, académicos y funcionarios públicos habrán de reunirse de nuevo y deliberar acerca del futuro de nuestra ciudad para pensar en cómo contribuir al diseño de la nueva normalidad.

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